El recuerdo de La Lanza

Publicado en por la-lanza.over-blog.es

 

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Cuando no se tiene algo que se desea, puede recurrirse a recuerdos gratos para aliviar un poco ese anhelo por lo que se espera. La Cuaresma, la Semana Santa, el cuartel, se ven tan lejanos en este período estival que recién comienza, que resulta interesante, y también necesario, recordar.

Si echo a volar mis recuerdos, sonrío con los ojos cerrados al ver de nuevo el ambiente que se tercia en La Lanza cualquier día de la Mananta. Elijamos un Jueves Santo al mediodía, por ejemplo. Casi ná. Momento cuartelero por excelencia. Si realmente existe la felicidad, quizás buena parte de ella se concentre en ese día de la Pasión representada. Y en ese sagrado contexto me gusta imaginarme.

Enfilando a las dos de la tarde la calle Guerrero, tras girar en Capitán de Corbeta. Intercambio saludos breves con algunos hermanitos de La Espina, y de bruces me encuentro con varios de mis hermanos en la puerta del grupo. Manuel León, Manolo Velasco y el bueno de Juanito suelen andar en los aledaños del cuartel y reciben los primeros abrazos. Tras abrir el portón de entrada, busco la barrita y ya está abarrotada de risas y anécdotas de los días que ya llevamos, y que han dado para mucho. Detrás de ella y repartiendo cervecitas con desparpajo está Luife Velasco, que me recibe con un “hombre, orteguita, ¿tú cerveza nada, no?”. Es clásico encontrarte acodado en la barra a Juanki, cerveza en mano y chaqueta nofi, mientras habla con garbo, pongamos, con Franci Cabello, que ha llegado de los primeros para no perderse nada. Ahora Manolo Berral viene a buscarme: “Antonio José… Jueves Santo”, me dice con cariño. Mientras tanto, David va repartiendo uvitas botella en mano. Cuando me toca, me da un abrazo, con beso incluido y me pregunta cómo acabé ayer. Le sonrío y él me sonríe. Me acerco a Jesús Reina que está sentado en un taburete detrás de la barra, pero sin el trajín que trae Luife. A su lado, de pie, está Javi Sánchez, que lleva sus gafas de sol puestas aún dentro del cuartel,  y me dedica una chanza de las suyas. Tan peculiar Javi Sánchez como él solo. En ese momento el presidente levanta la voz, y dice, ¡vamos pa´ dentro! Se arrima a mí Chiki Prieto y me dice, “¿Boe, nos sentamos juntos, no?”. “Por supuesto, amigo”. Sentarte al lado de Francisco Javier en la mesa, es asegurarte diversión, risas y buen ambiente… si él quiere. Cuando pasamos por debajo del arquito que anuncia la entrada al salón, de lejos veo a Paco Baena que me hace un guiño y me señala un par de sillas enfrente de las suyas, más o menos en mitad de la mesa. Junto a Paco se sienta Ángel Rivas, todo elegancia, tanto en el vestir como en la forma de ser. Llenamos las copas de vino y las vaciamos rápidamente. Es entonces cuando levanto la vista a ver qué tal ha quedado la disposición de la mesa. No hay sitios fijos, pero algunas zonas en el salón pueden reconocerse según quien se sienta en ellas. Para empezar, en uno de sus frontales, el más pegado a la salida, allí siempre puedes encontrar a Jesús y a Sánchez, su esquinita, como decimos, y pegaditos a ellos, no suelen fallar por aquellos lares, el bueno de Lalillo, que nunca pierde comba, David, Velasco o el mismísimo Ignacio Reina con su gesto imperturbable. Inseparables y ya dándole al vino están el demonio y la muerte, Chaparrío y Estradío, compartiendo confidencias y provocando risas con las ocurrencias del primero, y las anécdotas del segundo. Les rellena la copa, derramando media botella por la mesa, Solanito Villafranca. A un lado tiene a Javi Jiménez, que lo observa encantadísimo de encontrarse junto a él. Al otro tiene a Carlillos de Paz, que desde lejos me levanta la copa saludándome mientras sonríe y me dice que luego viene a darme un abrazo.

Manolo Berral se levanta para comentarle algo al oído al presidente y vuelve a su sitio, no muy esquinado. A su lado está sentado Antonio García, con la sonrisa en la cara desde que ha llegado al grupo. Pocos disfrutan tanto como él en La Lanza. García asiente con la cabeza mientras Keko Arteaga le cuenta no sé qué con el brazo echado sobre su hombro. Manuel Barcos está algo retirado de la mesa, está sentado, sí, pero sobre su regazo tiene el tambor que no tardará en empezar a tocar una vez el rubio León, o bien el teniente Velasco, bendigan la mesa y se den los primeros vivas, dichos con fuerza por TitoPi.

No muy lejos veo a Emilio Cejas, todo corazón y nobleza, que le rellena graciosamente la copita a Mario Reina, el cual, en cada brindis, irá robándole la fragancia al caldo de la tierra. Frente a ellos se sientan Juan Coronel, tranquilo, como siempre, dialogando sin aspavientos en el gesto, y Alejandro Espejo. Ale ya tiene su túnica puesta, asomándole el nudo de la corbata con elegancia, y luciendo en una manga la chapa bordada de la extinta BUSA y en el corazón la de La Lanza.

Francisquito y Lolo Salas están sentados juntos. El negro no para de reírse con una carcajada contagiosa. Lolillo se muestra solícito, y lo busco con la mirada para hacerle una bromilla, de esas bromillas que a él le gustan. Interrumpe en ese momento mi sondeo ocular Paco: “venga que no te veo” me dice mientras choca su copa con la mía un par de veces. Nos echamos al gaznate la uvita al coleto, ejecución a la que se suman alentados por Paco varios hermanos, entre ellos Migue Salas. “Que fuerte te veo, Miguelón”, le digo con sorna. “Es Jueves Santo. Si no me ves fuerte hoy… ¿cuándo me vas a ver?”. Es indudable, Migue es un tío de tablas en la mesa de un cuartel, le viene de casta…

Los últimos sitios se van ocupando por los hermanos más rezagados. Antonio Cejas se ha sentado al lado de Jorge Ortiz. Charlan pausadamente los dos, de lo que les deparó la noche anterior tras el encierro de la Amargura, pero de repente Jorge le pone una mano a Antonio, pidiendo pausa para escuchar la saeta que Chaparro acaba de empezar. Al terminar no se oyen palmas algunas, solo el vidrio de los catavinos resuenan con fuerza agradeciendo el regalo para los oídos de nuestro hermano. Al rato vuelve a sonar el tambor de Manuel y los hermanos Jiménez Aznar dedican una cuartelera a su Veracruz. Mientras cantan llegan José Manuel Gil, que trae invitado un año más a su hermano y va pidiendo una túnica de sobra a alguien, y Ernesto Herrería, al que Chiqui le dedica un grito de ánimo que es secundado por todos, y que provoca la sonrisa del costalero del Consuelo. Se sientan los dos en la otra esquina de la mesa, frente a la flamenca, pero Ernesto no tardará en cruzarse al otro lado, donde le harán un huequito. Mientras las tapas van devorándose, Julián Quero, que ocupa un puesto al lado de Ángel y que lleva un peinado perfecto, va recogiendo con su iPhone las instantáneas más entrañables de la comida. Al lado de Juli, sorprendo cogiendo un trocito de tortilla de patatas a Antoñete Rey, hermanito especial donde los haya, prudente y silencioso.

Ahora, todos están ubicados, pero no tardarán en ir mudando sitios, regalándonos unos a otros abrazos y copitas de vino. Hay jaleo festivo, y también silencios respetuosos. La mesa arde de felicidad. Voy abriendo los ojos poco a poco, y la imagen de todos mis amigos en torno al salón de La Lanza se va volviendo borrosa.  Ahí me dejo, siendo uno más entre todos ellos, disfrutando de su compañía en ese grato recuerdo que puedo volver a vivir tantas veces como quiera. Y que hace más llevadera la espera hasta la próxima vez que nos volvamos a reunir.

 

AntonioJOP 

 

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I
<br /> Vaya semblanza, hermano, gracias por recordar un día de cuartel de la forma en que los has hecho, un fuerte abrazo<br /> <br /> <br />
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P
<br /> Impresionante Antonio, la realidad tal como se narra... Viva La Lanza.<br /> <br /> <br />
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